Creo que la mayoría de nosotros intentamos hacer las cosas lo mejor posible. Intentamos ser buenas personas, cuidar de los demás y ayudar tanto como podemos. Cuando somos testigos de que alguien está batallando, intentamos empatizar, comprender lo que está experimentando y quizás ofrecer la ayuda que creemos que necesita.
Vemos cómo pasan por el sufrimiento y nuestro corazón comienza a romperse. Naturalmente, nuestro pensamiento inmediato es:
¿Qué puedo hacer para eliminar esa lucha, ese dolor o esa dificultad de su vida?
Sin embargo, ¿es lo que haces realmente lo mejor para esa persona?
A menudo, nos apresuramos a resolver el problema, robándole sin querer la oportunidad de crecer a través del proceso.
Dos Trampas de la Ayuda Bien Intencionada
Considera dos dinámicas comunes en las que intentar ayudar puede convertirse fácilmente en una forma de habilitación:
- La queja crónica: Hay personas que alimentan sus necesidades quejándose de todo. Siempre te hacen saber lo pesada que ha sido su vida y cómo la vida les ha repartido una mala mano. Para ellos, la vida solo empeora cada día. A veces, reforzamos esto al validar constantemente que su situación es enteramente culpa de otra persona. Culpar a los demás es mucho más fácil que mirarse al espejo.
- El miedo sobreprotegido: Hay personas que tienen miedo de enfrentar el mundo, y podríamos reforzar ese miedo queriendo protegerlas de todo y no permitiéndoles cometer errores. Los padres suelen caer en esta trampa, intentando con tanto esfuerzo evitar que sus hijos experimenten las mismas dificultades que ellos sufrieron. Al protegerlos demasiado, los dejamos despreparados para enfrentar los desafíos de la vida real.
Utilizando estos ejemplos, ¿conoces a alguien que encaje en estas categorías? Y lo más importante: ¿Eres un facilitador (enabler) o estás interviniendo verdaderamente para ayudar?
Cuando constantemente permites comportamientos autodestructivos sin tomar medidas para fomentar el crecimiento, estás reconociendo silenciosamente que crees que no hay esperanza, y que la persona carece de la capacidad para mejorar su situación.
Del Apoyo Pasivo al Empoderamiento
En lugar de validar y justificar cada vez que alguien comparte sus agravios, ¿por qué no ayudar recordándole algunas verdades fundamentales?
- Desplaza el enfoque de la carencia a la abundancia. Recuérdale que practique la gratitud por lo que sí tiene. Estoy seguro de que siempre se pueden encontrar cosas por las cuales estar agradecido si se mira lo suficientemente de cerca.
- Resalta sus fortalezas. Las personas utilizan su energía ya sea para crecer o para castigarse a sí mismas. Desafortunadamente, todos nos volvemos muy buenos criticándonos, y no necesitamos que alguien más valide esa negatividad. Necesitamos que alguien nos recuerde nuestras fortalezas y nos diga que cree en nosotros.
- Desafíalos desde el amor. Hazles saber amablemente que su comportamiento actual no les está sirviendo, y anímales a buscar soluciones que genuinamente los hagan más felices.
El Regalo de la Incomodidad
Esta es una tarea difícil. Ayudar verdaderamente requiere paciencia, empatía y valor. Todos intentamos hacerlo lo mejor posible, pero a veces confundimos ser útiles con eliminar cada obstáculo y eximir a alguien de la responsabilidad cuando las cosas se ponen difíciles y caen en la sensación de ser víctimas.
La realidad es que todos luchamos, y a veces lo más amable que podemos hacer es desafiar a alguien y mostrarle que creemos en su capacidad. Eso significa darle a esa persona la libertad de sentir esa incomodidad, tropezar un poco y encontrar la manera de resolver los problemas por sí misma. Ese es el proceso exacto que fortalece la confianza en su propia capacidad para convertirse en una versión más fuerte de sí misma.
E. Luna


