Todos las llevamos. Ya sean las líneas blancas y tenues en nuestras rodillas por habernos caído de la bicicleta cuando éramos niños, o el dolor invisible y pesado que dejó la pérdida de un mejor amigo, nuestras vidas están marcadas por cicatrices.
Algunas cicatrices nos fueron dadas intencionalmente; otras son el resultado de la fricción aleatoria, y a veces cruel, de vivir. Pero independientemente de cómo las obtuvimos, eventualmente llegamos a una encrucijada donde debemos hacernos una pregunta difícil e incómoda:
¿Estás realmente dispuesto a ser sanado?
La comodidad de la herida
Suena contradictorio. ¿Por qué alguien elegiría conservar una cicatriz? Sin embargo, los obstáculos para la sanación son muchos.
A menudo, nos negamos a reconocer la cicatriz porque asociamos la vulnerabilidad con la debilidad. Nos decimos a nosotros mismos que no tenemos tiempo para estar heridos o que estamos “bien” porque el mundo exige que sigamos avanzando. Enterramos el trauma emocional profundamente en la médula, esperando que, si no le damos atención o ignoramos, dejara de doler.
Pero las cicatrices ignoradas no simplemente desaparecen. Se convierten en enfermedad. Se vuelven en un “círculo vicioso” donde, inconscientemente, encontramos formas de conectar con la tristeza o la ira, llegando incluso a sentirnos cómodos en nuestra depresión. Comenzamos a identificarnos tanto con nuestro dolor que no sabemos quiénes somos sin ese dolor.
El primer paso: El reconocimiento radical
La sanación no puede comenzar en la oscuridad. Para crecer, primero debes tener la fuerza, el coraje y la fe para reconocer una cosa: “Estoy enfermo” o “Me duele”.
El reconocimiento es el catalizador de la transformación. Una vez que reconoces que una cicatriz está afectando tu capacidad de crecer, rompes el ciclo de la negación. Esta admisión no es un acto de derrota; es el primer acto de valentía.
El trabajo de volver a estar completo
En este universo no hay imposibles. Cuando realmente quieres sanar, el camino se abre, pero debes estar dispuesto a recorrerlo. La verdadera sanación requiere un enfoque de tres pilares:
- Pedir ayuda: Una vez que reconoces la necesidad, debes tener la humildad de acudir a quienes saben cómo guiarte.
- Esfuerzo diligente: Sanar no es un evento de una sola vez; es una práctica diaria. Es el compromiso de dar los pasos recomendados incluso cuando no tienes ganas de hacerlo.
- Fe completa: Debes creer, con cada fibra de tu ser, que la sanación sea posible.
La elección es tuya
Eres libre de hacer lo que quieras. Puedes quedarte donde estás, cómodo en la familiaridad de tu dolor. Pero si dices que quieres sanar, tus acciones deben coincidir con tus palabras.
Sanar requiere todo tú enfoque y esfuerzo. Requiere que dejes de “intentarlo por un rato” y te comprometas y comiences a vivir para sanar.
Si trabajas en aumentar tú fe y desarrollar la diligencia para hacer todo lo posible por sanar, verás que ese esfuerzo no será en vano.
La cicatriz puede ser parte de tu historia, pero no tiene por qué ser la que te define como lo que realmente eres.
— E. Luna


